30 de junio de 2011

Mi corazón es pobre

Mi corazón es pobre, Señor,
yo me siento de barro;
soy como arcilla abandonada
que espera las manos
del alfarero.
Pon Tus manos, Señor,
Tu corazón, en mi miseria,
y llena el fondo de mi vida
de tu misericordia.
Protege mi vida. Sálvame.
Confío en ti.


Quisiera decirte lo que eres
para mí:
tú eres mi Dios, tú eres mi Padre,
tú me quieres.
Te estoy llamando todo el día.
Concede alegría a quien
quiere ser tu amigo,
que mi confianza
la he puesto en ti.
Protege mi vida. Sálvame.
Confío en ti.


Yo sé que tú eres bueno
y me perdonas.
Sé que eres misericordioso con quien abre su corazón
a tu amor y lealtad.
Escúchame. Atiéndeme.
Te llamo.
Yo vengo a estar contigo
y a quedarme junto a ti.
Protege mi vida. Sálvame.
Confío en ti.


Me callo ante tu presencia,
porque tú conoces lo íntimo
de mi vida.
Aquí estoy, Señor, con mi
corazón como es:
que no oculte nada a tus ojos abiertos.
Aquí estoy como arcilla fresca
esperando ser modelada por tus manos misericordiosas.
Protege mi vida. Sálvame.
Confío en ti.

Tú eres grande. Tú haces maravillas.
Tú, el único Dios.
Enséñame, Señor, tu camino
y que mis pasos sigan tus
huellas con fidelidad.
Protege mi vida. Sálvame.
Confío en ti.


Que mi corazón, sin dividirse,
sea todo tuyo.
Te doy gracias de todo corazón,
Señor, Dios mío,
te diré siempre que tú eres amigo fiel.
Me has salvado del abismo
profundo,
y he experimentado tu
misericordia.
Me has librado de los lazos
de la tentación,
y he experimentado tu
misericordia.
Me has hecho revivir,
volver al camino,
y he experimentado tu
misericordia.
Protege mi vida. Sálvame.
Confío en ti.


Señor, yo me alegro, porque eres un Dios compasivo.
Me alegro porque eres
piadoso y paciente.
Me alegro porque eres
misericordioso y fiel.
Señor, mírame. Ten compasión de mí. Dame fuerza.
Protege mi vida. Sálvame. Confío en ti.


Tú, Señor, siempre estás pronto a ayudarme y a animar mi
corazón cuando decae.
Tú, Señor, toma mi corazón de barro y moldéalo según la
grandeza de tu misericordia.
Protege mi vida. Sálvame. Confío en ti.

29 de junio de 2011

La voluntad de Dios (Darío Mollá sj)


Nos hemos acercado a algunas nociones que nos pueden ayudar a aclararnos en la búsqueda de la voluntad de Dios. Lo último... ejercitarse.
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¿Cuáles son las estrategias, la "gimnasia" que nos permite mantener con vigor nues­tra atención, que permite mantener en for­ma nuestra lucidez? Cuatro movimientos conforman la tabla, movimientos que, tra­bajados día a día, nos hacen ágiles en el discernimiento y hacen de éste no un so­breesfuerzo sino nuestro modo habitual de ser cristianos. Los enuncio con cuatro infinitivos, para luego explicarlos: exa­minar, contemplar, escuchar y exponerse.

Examinar: detenerse cada día para preguntarme qué es lo que estoy reci­biendo, qué es lo que está pasando, qué estoy recibiendo y qué estoy dando... Sen­tarme cada día un rato en el balcón que da a la plaza de mi vida para captar lo que pasa por ella: no contentarse con miradas furtivas y esporádicas a través de la ven­tana. No se trata de un ejercicio de mate­máticas o de contabilidad, sino de un ejercicio de sosiego interior y de sensibi­lidad. Este sencillo ejercicio nos da una agilidad increíble cuando es cotidiano, y tiene, además, importantes efectos tera­péuticos: en su cotidianeidad se genera memoria, somos invitados a descubrir que también en los días grises, o negros, recibimos, y que incluso en los días que nos parecen "gloriosos" hay algo de lo que debemos pedir perdón.

Contemplar: no hay que asustarse, de entrada, porque el ejercicio es más sencillo de lo que parece: no es sólo para campeones olímpicos del atletismo espiritual. Tiene, eso sí, una exigencia que nos cuesta a veces: quitarnos nosotros del centro. Poner a otro ante nosotros y saber, sencillamente, mirar: caer en la cuenta de los detalles, adivinar los sentimientos que los gestos manifiestan, saborear las palabras, gozar con los matices... En la contemplación se nos hace interior la Palabra y concretos los acentos; en la contemplación nuestra sensibilidad es transformada hasta hacer nuestros sus gustos, sus sentimientos, sus preferencias, sus maneras de estar...

Nuestra tabla cotidiana tiene, por suerte, un ejercicio que de entrada damos por fácil: escuchar. Pero, no es tan fácil como parece. Porque escuchar significa disposición a recibir, paciencia para admitir el ritmo del otro, capacidad de encaje de lo inesperado y lo sorprendente, inteligencia para captar aquello que es dado sin palabras, elegancia para valorar un contenido torpemente envuelto o presentado... Escuchar no es oírme a mi mismo en el otro, ni seleccionar aquello que me conviene, ni utilizar las palabras del otro como material de una respuesta preconcebida. Escuchar nos va cogiendo por dentro, nos va enganchando, porque percibimos que se nos dice, y mucho...

Exponerse: algo de intemperie en nuestra vida. Pequeños rodeos más allá del itinerario marcado, salir a la calle alguna vez sin abrigo o sin paraguas, acercarse al lugar que no está en el plano. O dejar de vez en cuando el coche y subir al autobús, al metro, al tren de cercanías. O ir a pie. Porque las rutinas atontan, enmohecen nuestros músculos interiores, nos dejan clavados en los huecos en los que nos hemos aposentado.

Discernir, buscar la voluntad de Dios en el día a día de nuestra vida es, básicamente, esta gimnasia interior: examinar, contemplar, escuchar y asumir algún riesgo. Todo ello nos hace "atentos", y en la "atención" creciente nuestro amor al Señor se hace más delicado, nuestro seguimiento de Jesús más cercano y nuestro servicio a los demás más desinteresado. Buscar la delicadeza en el amor, la cercanía en el seguimiento, el desinterés en el servicio: eso, y no otra cosa, es "buscar la voluntad de Dios".
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Darío Mollá, sj