CG35. Decreto II
Un fuego que enciende otros fuegos
Redescubrir nuestro carisma
Encontrar la vida divina en las profundidades de la realidad es una misión de esperanza confiada a los jesuitas. Recorremos de nuevo el camino que tomó Ignacio. Como en su experiencia, también en la experiencia, puesto que se abre un espacio de interioridad en el que Dios actúa en nosotros, podemos ver el mundo como un lugar donde Dios actúa y que está lleno de sus llamadas y de su presencia. Así nos adentramos con Cristo, que ofrece el agua viva, en zonas del mundo áridas y sin vida.
Nuestro modo de proceder es descubrir las huellas de Dios en todas partes, sabiendo que el Espíritu de Cristo está activo en todos los lugares y situaciones y en todas las actividades y mediaciones que intentan hacerle más presente en el mundo. Esta misión de intentar “sentir y gustar” la presencia y la acción de Dios en todas las personas y circunstancias del mundo nos coloca a los jesuitas en el centro de una tensión, que nos impulsa, al mismo tiempo, hacia Dios y hacia el mundo. Surgen así, para los jesuitas en misión, una serie de polaridades, típicamente ignacianas, que conjugan nuestro estar siempre enraizados firmemente en Dios y, al mismo tiempo, inmersos en el corazón del mundo.
