Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: "Síganme, y yo los haré pescadores de hombres"...
Busqué durante días la oportunidad de hablar sobre la vocación, sé que los temas desfilan de un modo intermitente, y que las oportunidades siempre existen, pero hacen falta ojos suficientemente abiertos para no dejarla pasar.
Sin embargo, para el primer post sobre vocación, sentí que debía empezar con algo especial... y hoy es ese día, la fiesta de San Andrés, el primer Apóstol, amigo del Señor, el primero que abandonó todo por Él... y durante dos mil años hasta hoy, una fila incontable de hombres y mujeres han seguido sus pasos. Hablaremos un poco de Andrés y en un próximo post (asñi reflexionamos un poco), sobre la vocación.
Sintiéronse todos ellos traspasados por esa mirada, en las orillas de su vida vieron asomarse los ojos amorosos de Cristo, invitándolos a seguirlo, a dejarlo todo como Andrés... y con el corazón en la mano, con miedo, alegría, estupor, lo han depositado en manos de Dios.
Andrés era pescador, al igual que su hermano Pedro, vivían sincronizados con la naturaleza, el día en que la pesca era nula, pues nada comían, pasaban las horas en el lago, quemando su piel ante el sol de oriente, esperando como los pastores al Mesías, quizás aún lo esperaban en caballo y espada, viniendo a librar a los judíos del domino romano, pero lo esperaban, tenían esperanza, y por eso Cristo no los dejará escapar de su amor que es también, como nos dice Él mismo, un sinónimo de cruz.
Eran ignorantes, no eran del círculo de fariseos o levitas, su única sabiduría consistía en la naturaleza que les daba cobijo y alimento, la naturaleza que les hablaba del amor del Padre, amor silencioso pero abrigador, amor que el Hijo conoce bien, amor que no necesita de muchas palabras, amor que se cautiva con una mirada y se deja llevar, mansamente...
Con todo, aquel llamado no significó un cambio radical o mucho menos instantáneo, Andrés y los otros once -y como suele suceder en todo grupo- sentían celos unos de otros, se reclaman el primer lugar y hasta se lo reclaman al Señor. Piden que ciudades sean destrozadas y preguntan por su recompensa... pero Cristo sólo recuerda sus errores para emendarlos, luego de eso olvida y sigue sonriendo.
En aquella noche de debilidad, huyó, su corazón estaba destrozado, había visto milagros, había visto el poder y el amor de aquel Hombre... y sin embargo ahí estaba Él, dejándose llevar a la muerte, ¿dónde estaba el Mesías poderoso y rebosante de llamas?, aún no comprendía y cree que Cristo es uno de esos soldaduchos violentos que arrebantan los imperios.
A la Resurección, se emociona y cree, después de eso es otro hombre, ha visto y comprendido, acepta la voluntad del Señor y ofrece su propia vida por el mensaje mas sublime que la humanidad entera haya oído jamás.
Andrés, el Protokletos o Protoclite (el primer llamado), muere en el Peloponeso, después de tres días de agonía, crucificado, él que no comprendió en su momento el valor de la cruz, es feliz de morir ahora de esa forma... sonrie, en el Cielo lo espera el Maestro, ha vivido tanto desde que Él se fue, ansía verlo, abrazarlo, como en las épocas que solía seguirlo por los caminos llenos de polvo, bajo el sol ardiente, llevando la Buena Nueva al mundo sufriente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario